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  Profe de sociales es la web educativa del profesor David Ruiz Becerra. Es una página especializada en el desarrollo curricular de las materias propias del Departamento de Geografía e Historia de la enseñanza secundaria.
 
LA ESPANTÁ DE MÁLAGA
Imagen de la carretera Málaga-Almería
NORMAN BETHUNE

Henry Norman Bethune, doctor e innovador médico, es conocido por sus servisios en tiempos de guerra. Una de sus intervenciones más dramáticas se produjo durante la masacre de la carretera Málaga-Almería, cuando se desplazó expresamente desde Valencia para socorrer a la población civil que estaba siendo masacrada durante su huida de Málaga, que había sido tomada por el bando sublevado. Durante tres días él y sus ayudantes Hazen Sise y Thomas Worsley socorrieron a los heridos y ayudaron en el traslado de refugiados. No te pierdas su relato...

La evacuación en masa de la población civil de Málaga empezó el domingo 7 de Febrero. Veinticinco mil soldados alemanes, italianos y musulmanes hicieron su aparición en la ciudad al día siguiente, lunes 8, por la mañana. Tanques, submarinos, aeroplanos y buques de guerra entraron en juego simultáneamente para destrozar las defensas de la ciudad, sostenidas por un jirón heroico de tropas españolas sin tanques, sin aeroplanos, sin auxilio... Los llamados nacionalistas entraron, lo mismo que han entrado en los pueblos y ciudades capturadas de España, en una ciudad abandonada.

Imaginaos ciento cincuenta mil hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio hacia una ciudad situada a cerca de doscientos kilómetros de distancia. No hay más que camino. No hay más vía de escape. Y este camino, encajonado ente los altos picos de Sierra Nevada y el mar, cortado en su mismos tajos , sube y baja desde el nivel del mar a las montañas, en declives de más de 30 metros. La ciudad que buscan es Almería.

Bien puede el mozo sano y robusto caminar cuarenta o cincuenta kilómentros al día, pero la jornada representa para estas mujeres, para estos ancianos y para estos niños, una caminata de cinco días con sus noches, cuando menos. Y no encontrarán alimento en los pueblos por donde pasen, ni trenes ni autobuses para transportarlos. Tienen que caminar... y caminan tambaleándose, tropezando, rasgándose los pies en los pedernales del camino polvoriento, mientras los fascistas los bombardean sin piedad desde los aviones y los cañonean desde el mar.

Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más terrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos.

Habíamos llegado a Amería el miércoles 10, a las cinco de la mañana. Llevábamos de Barcelona un camión con sangre preparada para transfusión con destino a los heridos de Málaga. En Almería supimos la noticia de la caída de Málaga y nos aconsejaron que no siguiésemos nuestro camino, porque ya no se sabía dónde estaban nuestros frentes, y se tenía por seguro que Motril había caído también. Entonces, resolvimos ir a ver en qué condiciones se estaba llevando a cabo la evacuación de heridos.

Salimos por el camino de Málaga, a eso de las seis de la tarde, y a unos cuantos kilómentros nos encontramos con los que encabezaban la desventurada procesión. Venían primero los más fuertes, los que habrían podido transportar sus cosas en burros, mulas y caballos. Los dejamos atrás, y a medida que íbamos avanzando el espectáculo se hacía más lastimoso. Las madres llevaban a sus niños, cubiertos con apenas con un guiñapo, al hombro o tiraban de ellos por la mano. Pasó un hombre con sus dos pequeños a la espalda, niños de uno y dos años, y cargando además cacerolas y trastos, y recuerdo queridos de su hogar. Engrosaba el río de gente y nuestro coche se abría a duras penas. A ochenta y ocho kilómetros de Almería nos decían que no siguiéramos más adelante, porque allí detrás venían ya los fascistas. Habíamos visto tantas mujeres y tantos niños angustiados, que resolvimos regresar para dedicarnos a transportar a los más desvalidos.

Difícil tarea elegir entre todos. Una multitud de padres y madres frenéticos se apretó alrededor del coche. Tenían la cara y los ojos congestionados por el polvo y el sol de cuatro días, y levantaban hacia nosotros, en sus brazos cansados, los cuerpecitos de sus hijos.

"Llévate a éste"; "mira este niño"; "este va herido". Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos ensangrentados; niños sin zapatos; con los pies hinchados; niños que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio. Doscientos kilómetros de miseria. Imaginaos lo que serían cuatro días de andar escondiéndose en las montañas, perseguidos por los aviones de los bárbaros fascistas, y cuatro noches de caminar en grupo compacto hombres, mujeres, niños, mulas, burros y cabras, tratando de mantenerse juntas las familias, llamándose por el nombre propio, buscándose en las sombras ¿A quién íbamos a subir al coche? ¿Al niño que se moría de disentería o a la madre que nos miraba silenciosa, con los ojos hundidos, aprentando contra su pecho desnudo al pequeño que había nacido en el camino? Aquella madre había descansando solamente diez horas. Había una mujer de sesenta años que no podía dar un paso más. La sangre de las úlceras de sus piernas hinchadas teñía de rojo sus alpargatas blancas. Muchos viejos abandonaban toda esperanza y, tumbados en la cuneta del camino, esperaban la muerte.

Decidimos llevarnos a los niños y a las madres, pero sufrían tanto al separarse padre e hijo, marido y mujer, que resolvimos transportar a las familias que tuviesen más niños, y a los niños sin padres, que eran incontables. Llevábamos de trinta a cuarenta personas en cada viaje, y trabajamos así tres días y tres noches. En el Hospital del Socorro Rojo Internacional de Almería, los refugiados recibían atención médica, alimento y ropa. Al incansable esfuerzo de los conductores del caminón, Hazen Sise y Thomas Worsley, se debe la salvación de muchas vidas. Iban y venían, alternando, día y noche, durmiendo a campo abierto entre los turnos, sin más alimento que naranjas y pan.

Oíd ahora el final. Como si no fuese bastante haber bombardeado y cañoneado a esa procesión de campesinos inermes a lo largo de la caminata interminable, el día 12 de Febrero, cuando el pequeño puerto de Almería estaba atestado de gente refugiada, cuando la población se había duplicado, cuando aquellas cincuenta mil personas exangües habían llegado al sitio que creían un abrigo seguro, los aeroplanos fascistas, alemanes e italianos, desataron sobre la población nutrido bombardeo. La sirena de alarma sonó treinta segundos antes de que cayera la primera bomba. Los aviones enemigos no buscaron blanco en los buques de guerra del Gobierno español que estaban en el puerto. Deliberadamente arrojando diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados.

Cuando se habían alejado los aviones, levanté del suelo los cadáveres de tres niños que habían estado tres horas de pie en una cola frente al Comité Provincial de Evacuación, esperando su ración de una taza de leche condensada y un pedazo de pan, único alimento disponible. La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían. En la oscuridad, los quejidos de los niños heridos, los gritos de las madres agonizantes y las maldiciones de los hombres, se alzaban en un lamento de masa hasta hacerse intorelable (...)

¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de modo tan sangriento? Su único crimen había sido el de votar por un Gobierno del pueblo; moderado paliativo contra la carga aplastante de siglos de codicia del capitalismo. Alguién pregunta por qué no se quedaron en Málaga a esperar la entrada de los fascistas. Porque bien sabían lo que había de sucederles. Bien sabían lo que había de ser de sus hombres y de sus mujeres, puesto que ya ha sucedido muchas veces en otras ciudades capturadas por ellos. Todos los hombres de 15 a 60 años que no pudiesen probar que se les había forzado a apoyar al Gobierno legítimo, serían fusilados sin más trámite. Por eso dos terceras partes de la población de España se ha concentrado en la mitad del territorio que está amparado por el Gobierno de la República.

Norman Bethune, El crimen del camino Málaga-Almería
Audiovisual realizado por "Tesis", programa de Canal Sur 2 Andalucía
Primera parte
Segunda parte
 
 
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