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  Profe de sociales es la web educativa del profesor David Ruiz Becerra. Es una página especializada en el desarrollo curricular de las materias propias del Departamento de Geografía e Historia de la enseñanza secundaria.
 
LA ORATORIA Y LA II REPÚBLICA
IÑIGO ADURIZ

"En nombre de todo el Gobierno de la República española saluda al noble pueblo español una voz, la de su presidente". Era el 14 de abril de 1931 y el que hablaba era Niceto Alcalá- Zamora, el recién nombrado presidente del Ejecutivo provisional de la II República. La trascendencia de la frase no se debe únicamente a su importancia histórica. Esas pocas palabras son un fiel reflejo del lenguaje literario y poético que sigue distinguiendo la oratoria política de la época republicana de cualquier otra característica de otros periodos de la historia española.

Una nueva generación
A principios de la década de 1930, la política deja de ser un fenómeno de minorías para convertirse en todo un acontecimiento de masas. Había que convencer y persuadir con la palabra como única arma. Con la República llegó una nueva forma de hacer política desligada de los caciquismos de la Restauración. Esto provocó la sustitución de la clase política española tradicional por una generación más joven, pero mejor preparada  intelectualmente.

Esos factores han contribuido, según el doctor en Historia Contemporánea Elías de Mateo Avilés, a que la II República se considere como el momento de “máximo esplendor” de la oratoria política. En su trabajo El  lenguaje político español durante la II República, el historiador da una importancia trascendental al poder del discurso en los convulsos años de principios de siglo. De Mateo cree que durante seis años de República “la prosa política pasó, sucesivamente, de la ilusión al desencanto, y de aquí a un paulatino proceso de crispación que terminará en la Guerra Civil”.

Otro historiador, Julián Casanova, destaca la importancia del mitin, “en un momento en el que los medios de comunicación son menos potentes que en la actualidad”. “Se juega con la escenografía, esencial para persuadir a las masas”, afirma. La radio, el nuevo medio, también jugó un papel muy importante en la difusión de las ideas republicanas. Por ejemplo, la proclamación del nuevo orden institucional se hizo desde la Puerta del Sol de Madrid, pero llegó a toda España a través de las ondas.
Casanova considera que el modelo de la oratoria republicana, que constituyó una nueva forma de hacer llegar el mensaje, se compone de “tres ejes”. El político “convence de su honradez pese a enfrentarse a estructuras corruptas”. “Hace ver a las masas que su discurso tiene un planteamiento moral”, apunta. Otro factor importante, según Casanova, es “la capacidad movilizadora del dirigente”, sin la cual “el republicanismo no hubiera llegado a ninguna parte”. Por último, asegura que los políticos republicanos “creían en la fuerza del Parlamento” y trataban de explicar “la idea de la República” para defenderla en las Cortes.
“Eran personas cultivadas desde el punto de vista literario, que además eran bastante poéticos, ya que conocían la poesía y el teatro, ambos artes muy importantes de la oratoria política del momento”. Antoni Gutiérrez- Rubí, asesor de comunicación, se sorprende de la capacidad “para hacer discursos memorables” de los políticos republicanos. La “excepcional memoria” de los oradores de la época les permitía, según Gutiérrez-Rubí, “estar enardeciendo a sus bases dando a la vez muestras de una capacidad de retención y de improvisación muy importante”.

La historiadora Mirta Núñez recuerda dos mítines “muy significativos, celebrados a principios de los años 30” que, a su juicio, reunieron todas las características de la oratoria política de la II República: el de Canillejas y el de la plaza de Las Ventas. El principal orador en los dos actos fue el que años después se convertiría en el último presidente de la República, Manuel Azaña.
“Azaña tenía todas las cualidades y calidades de un orador excepcional”, afirma Gutiérrez-Rubí. “Conocía numerosos recursos literarios y hacía gala de una excepcional capacidad para dibujar la palabra en su discurso”, añade el especialista en comunicación política. Para Núñez, Azaña también fue “la figura culminante” de la oratoria republicana. Julián Casanova considera, en cambio, que “hubo otro político que recogió claramente el oficio de la oratoria”.

Alejandro Lerroux, presidente de la República entre 1933 y 1935, “hizo un estudio estratégico de lo que significaballegar a las masas y lo puso en práctica”, indica. Lo hizo “trazando  un camino a través de la demagogia y el populismo”. En 1936, un golpe militar sustituyó las palabras por las bombas.

 
 
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